cap. 01
El cansancio.
Antes de Alaia trabajé años en otros salones. La parte técnica la sé hacer — color, alisado, hidrataciones, cualquier cosa que me pidas. Pero había algo que me reventaba la cabeza: cómo tratábamos a la clienta. La citábamos a las diez y la atendíamos a las once. Le poníamos el secador encima sin preguntarle. La hacíamos esperar mientras una de nosotras se ponía a conversar con otra persona. Le decíamos "¿qué te haces hoy?" mientras ya le estábamos echando el agua.
Y la cara, mi amor. Siempre la misma cara cuando se iban. Esa cara de "salí porque tenía que salir, no porque me sintiera bien". Yo lo veía y me hervía. Pero era empleada. ¿Qué iba a hacer? Aguantar.
cap. 02
La idea.
"Si yo abriera un salón" — me decía sola en el carro de regreso a casa — "tendría que ser uno donde la mujer no estorbe. Donde no la apuren. Donde no le pongan la silla de espalda a la pared como castigo. Donde, si tiene tiempo de hacerse las uñas, también tenga tiempo de tomarse algo."
Esa fue la primera versión. Bien sencilla. Después vino el nombre, que me dio más pelea — pero un día leyendo cositas, me topé con que Alaia en vasco quiere decir "alegría". Lo dije en voz alta y se quedó. Y después vino el local: aquí, en Remanso. Donde yo me crié. Donde las mujeres del barrio merecen un sitio que no sea ni el de siempre ni uno que pretende ser de La Cuesta. Uno de aquí, pero bien hecho.
cap. 03
El Nails Bar.
La copa no salió de ningún curso. Salió de un fin de semana en Punta Cana — yo estaba pasando dos días con una amiga, entré a un sitio a hacerme un masaje. Llegué y me ofrecieron una infusión. Me sentaron. Me atendieron a la hora exacta. Salí con el cuerpo bien y con el pecho apretado, te lo juro. Apretado de pensar: ¿por qué esto no existe en mi barrio? ¿Por qué nosotras no podemos tener algo así?
De ese fin de semana salió el Nails Bar. Una mesa, dos manicuristas, copas de la casa. El mismo principio que todo lo que hago aquí: si vas a estar aquí una hora, que no sea perdiendo el tiempo. Que sea ganándolo. Eso es todo. No hay magia.
cap. 04
El día a día.
Llego al salón a las siete y media. Abro, prendo, preparo. A las ocho ya hay alguien sentada. Atiendo, escucho, recomiendo — pero no impongo. Si me llega una clienta pidiéndome un alisado pero el pelo le está rogando que lo deje quieto, yo se lo digo. Si insiste igual, se lo hago. Pero al menos sale sabiendo en qué se metió. Eso para mí es lo mínimo.
Y mira — yo prefiero que me digas "Glauqui, no quiero volver porque eres muy honesta" a que vuelvas tres veces y nunca me digas que no quedaste contenta. Lo segundo es peor. Mucho peor.
cap. 05
Lo que viene.
Alaia ya tiene siete años. Para mí esto sigue siendo el principio. Quiero más mujeres en el equipo. Más servicios. Esa agenda online — la que ya están armando — para que no tengas que llamar para reservar. Más tiempo para sentarme contigo cinco minutos antes del servicio. Y, eventualmente, otro local. Pero solo si encuentro a alguien que entienda cómo se trata a la clienta. Lo demás se aprende. Eso, no.
Mientras tanto, aquí estoy. Martes a domingo. La que abre la puerta. La que sirve la copa cuando hay prisa. La que decide que la próxima cita no entra hasta que la que está se vaya tranquila. Y así seguimos.